La sala oscureció. Se escucharon aplausos y no era un intervalo: había llegado el final.
Entonces bajaste del escenario. No se oyeron aplausos ni perduró aquel perfume en el aire viciado. No divisé gesto alguno ni me emocioné con tus aptitudes. Tampoco entendí el porqué de tus palabras, solo encontré incoherencia en tu discurso y actuar. Ya no había libreto al que culpar ni decorado por cambiar: las cosas eran así, uno a uno, sentados en el mismo espacio temporal. Te pregunté la hora y descubrí que era tarde.
Tardé (demasiado) en darme cuenta que viví una ficción única, tan hermosa como irreal. Ya no necesitaste máscaras ni vestuario para la ocasión. No era mas que un ensayo prolongado; actuabas cuando amabas, cuando comprendías, cuando te reías con ganas.
Ahora recuerdo las veces que mirabas al espejo practicando aquellas frases infinitas; enunciados que escuché reiteradas veces, de sospechosa espontaneidad.
Tardé (quizás demasiado) en darme cuenta que viví una ficción única, tan hermosa como irreal. Una obra de dos protagonistas, en la que siempre hubo un único actor.